Un monasterio en ruinas sirve de cuna para el Jardín Botánico de su mismo nombre.
Nos da la bienvenida el conjunto de las herbáceas que al distraer nuestra atención hacen que nos sorprendamos descubriendo los nenúfares que se bañan en los estanques. Subiendo por el centro del valle a lo que fue el conjunto monástico, las rosáceas nos transmiten esa mezcla de emociones de lo espinoso y lo bello. Descansando en la pequeña plaza, entre el susurro del viento, nos acompañan los olmos y un manzano que destacan entre los espinos y rosales silvestres.
Y por fin llegamos a la puerta del misterio: lo que fue se nos insinúa en cada piedra, en cada arco, en cada grada, ...
Los muros antiguos se consolidan con hiedras, musgos, helechos y árboles que forman una increíble simbiosis piedra-vegetal. Nos envuelve el silencio del pasado que se ha resistido a ser olvidado y al recorrer lo sinuoso de los caminos observamos lo más delicado del jardín: camelias, hortensias, ...
Descubrimos en la zona de umbría los aljibes que aún hoy sacian la sed de tanto ser viviente.
Y al dirigirnos hacia los pendientes senderos de la solana disfrutaremos de las familias mediterráneas, de zonas desérticas, ... que han encontrado acomodo en las terrazas que los monjes utilizaban como tierras de cultivo.
En nuestro recorrido podremos observar cientos de especies vegetales autóctonas, conjunto que se complementa, entre otras, con palmeras, cactáceas, plantas originarias de Australia y de Oriente.